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Crucé la puerta y olvidé lo que iba a hacer

Rodrigo Soto Moreno

En teoría todos los cerebros funcionan igual, enviando, recibiendo e interpretando grandes cantidades de información; el mío también, pero aunado a esto se centra en observar y analizar detalles que para otras personas son insignificantes y pasajeros, pues cuento con una personalidad que muchos considerarían como obsesiva y compulsiva, misma que en ocasiones desespera a mi media naranja y compañera de vida: Yael.

Lo que para algunos podría significar contar con los indicios de una mente brillante, infiriendo que dentro de esta locuacidad se puede lograr la brillantez con momentos Eureka para el surgimiento de ideas creativas, para otros supone una monserga por el tener que lidiar con vicisitudes y trivialidades de la vida, viéndolas con lupa y magnificando su importancia.

Lo cierto es que estoy consciente que mis constantes observaciones y señalamientos de aparente culpa o falta de compromiso de ciertos individuos, de forma repetitiva, son recibidos con desagrado por los supuestos infractores y muchas veces, tengo que aceptar que tienen toda la razón. Además detecto, en sus miradas penetrantes y hostiles, un dejo de recelo pues deben suponer que tengo memoria de elefante y no se me va una, además de ser un necio cuadrado.

Sin embargo disto en gran medida de ser infalible y de ser un genio, pues me equivoco constantemente y me estresa estar siempre preocupado, incluso cuando no estoy preocupado. Nadie es perfecto y debemos aceptar nuestras fallas y los olvidos, siendo estos últimos muy frecuentes en mí, sobre todo cuando voy de un lugar a otro y no logro recordar a lo que iba o cuando en mis prisas por salir de la casa, prendo el auto solo para darme cuenta que he olvidado algo y volver a la vivienda y olvidar por lo que iba.

En este tenor, tuve una gran alegría cuando leí en Scientific American el artículo titulado: “Why Walking through a Doorway Makes You Forget” de Charles B. Brenner y Jeffrey M. Zacks, mismo que con leer el título nos podemos dar cuenta de su objetivo. Precisamente ahí se habla de ese sentimiento angustiante y frustrante de llegar a algún lugar para darnos cuenta que no sabemos qué íbamos a hacer ahí.

Los científicos Gabriel Radvansky, Sabine Krawietz y Andrea Tamplin, de la Universidad de Notre Dame, tienen la respuesta a este común olvido. Utilizando a un grupo de individuos, quienes tenían que sentarse frente a una computadora con un video juego, donde se podían mover utilizando las flechas del teclado y el objetivo era caminar a una mesa que tenía un sólido geométrico colorido sobre ella y debían entonces recoger ese objeto y llevarlo a otra mesa, donde tenían que dejar el que estaban cargando y recoger uno nuevo, con la peculiaridad que al cargar el objeto, ya no lo podían ver, como si estuviese guardado en una mochila.

Como lo describe Brenner y Zacks, los participantes del estudio en el juego virtual, para poder llegar al siguiente objeto, en algunas situaciones solamente tenían que caminar en el mismo cuarto, pero otras debían moverse, en la misma distancia, pero atravesando una puerta para arribar a otro cuarto u habitación. Curiosamente, los investigadores diseñaron una pregunta para que exactamente cuando el participante estuviera cruzando a través de una puerta, para llegar al siguiente objeto, se le preguntase: “¿qué objeto es el que llevaba en su mochila?” y de forma increíble en cada ocasión que se les preguntó atravesando la puerta, tuvieron lapsos de olvido, pues las respuestas fueron más lentas y menos certeras versus cuando se les hizo la misma pregunta pero no tuvieron que salir del cuarto, es decir no cruzaron una puerta.

Reforzando el experimento virtual, los investigadores Radvansky, Krawietz y Tamplin hicieron lo mismo en el real, donde los participantes hicieron lo mismo, recogiendo objetos y colocándolos en una caja de zapatos, para buscar otro objeto en otra mesa, tanto dentro de un mismo cuarto, como saliendo del mismo y atravesando un puerta. El resultado fue similar, la memoria de los participantes fue peor cuando cruzaron la puerta versus el caminar la misma distancia pero dentro del cuarto.

Para Brenner y Zacks, de acuerdo a las conclusiones de Radvansky, Krawietz y Tamplin, existen ciertas formas de memoria que son optimizadas para mantener la información lista, hasta que su vida útil expira y se elimina para darle cabida a nuevos datos. De acuerdo a los líderes de la investigación, a este tipo de memoria se le puede llamar “modelo de evento” y cuando los individuos, virtuales o reales, cruzan la puerta, el cerebro infiere que es un buen momento para purgar la información vieja y el entrar a otro cuarto supone que debemos estar listos para darle entrada a nuevos datos.

Vivimos entonces la vida a través de episodios o momentos, donde vamos estableciendo una especie de programación lineal para establecer el flujo de las actividades de nuestra operación diaria. Es una forma en que nuestro cerebro es eficiente en el manejo de prioridades en el caudal de información que administra, estableciendo aquello que es urgente y lo que es importante, pero no es infalible y hasta ese magnífico desarrollo de la ingeniería biológica comete errores al olvidar lo que íbamos a hacer cuando cambiamos de cuarto a cruzar una puerta.

Al final solamente me queda agradecer la paciencia de familiares, amigos, compañeros que se tienen que topar con la locuacidad y terquedad de mi mente, pero sobre todo y muy especialmente a mi compañera de vida: Yael, quien sufre el martirio diario de las vicisitudes de mi vida.

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